Hay quién me ha dicho que no siento los colores de la Roja. Y es que si tiramos de cromatismo no me queda más remedio que aceptarlo: la equipación nacional apesta.
Y de verdad que lo siento, pero la nuestra es la peor combinación de colores posible, un horror estético que sonrojaría al propio Fernand Léger. No sienta bien a casi ningún tono de piel y no combina con nada que tengas en el ropero. Es muy difícil no parecer un domador o una majorette enfundado en una camiseta de la selección, y si tu problema es el sobrepeso ten por seguro que cada pulgada de tu perímetro reclamará con orgullo su posición bajo la tela.
Seremos los reyes del mundo, los más campechanos y los que mejor se lo pasan, pero en el mundial de los colores me temo que, esta vez, somos el farolillo rojo.







