A veces me da por pensar lo fácil que sería vivir en una película de Hollywood. Supongo que soy un poco como Danny, el niño protagonista de
El último gran héroe, que se indigna al ver que Schwarzenegger es incapaz de interpretar los códigos cinematográficos más tópicos, y así, trata de convercer a este de que a su hija no le puede ocurrir nada malo porque él es el protagonista, y las hijas de los protas nunca mueren, o de que el malo de la película oculta algo porque lleva un ojo de cristal.
Conocer este tipo de códigos es muy útil porque te ayuda a saber de lado de quién ponerte cuando empieza la película. Por ejemplo, todos sabemos que un hombre con bigote suele ser malo, ruín,
creep, diría yo. Otra opción es el que va vestido de capullo, con aire engreído y relamido; esa persona también es carne de desprecio para el gran público.
En esta vida a veces no es fácil resolver quién es el bueno o el malo; el relativismo moral es un compañero caprichoso. Yo desde aquí quiero agradecer a infraseres como el de la izquierda la altruista tarea de plantarse frente al espejo, erigirse como arquetipo y decidirlo por nosotros. A una generación de tan pobres referentes deontológicos nos lo ponéis muy fácil, la verdad.
No; pareces gilipollas.