En un momento determinado me dediqué a seguir a una señora muy fina y divina que se convirtió en el eye candy de todos los galeristas, que salían ávidos de sus stands, prestos a atenderla con pegajosa amabilidad. La mujer iba y venía, y preguntaba precios y hojeaba catálogos con la naturalidad con la que uno pregunta por el precio de unas zapatillas Mike o Rewok en un mercadillo. Diez metros por detrás de ella, fascinado, yo la observaba separando las aguas de un Mar Rojo presuntuoso y gafapasta.
En aquel momento intentaba pensar en Darwin, y en Marx y en su lucha de clases. La triste realidad es que sólo era capaz de admirar lo bien que esta mujer llevaba botines marrones con un pantalón gris marengo.







